miércoles, 17 de enero de 2018

La sonrisa interna

    

En la antigua China, los taoístas enseñaban que la sonrisa interna constante, sonrisa dedicada a uno mismo, aseguraba la salud, la felicidad y la longevidad de la persona. Decían que sonreír para sí es como tomar un baño de.
Te convierte en tu mejor amigo.



martes, 16 de enero de 2018

Los ocho soles



LOS OCHO SOLES. 八个太阳。(Bā gè tàiyáng).

Hace mucho tiempo, la Tierra estaba iluminada por ocho soles.
La radiante luz deslumbraba a todo el mundo y... El inmenso calor secaba la tierra y los cultivos.
Un día decidieron que ocho soles eran demasiados, y que con uno sólo les bastaría para iluminar a todas las personas de la Tierra.
– ¡Vamos a cazar siete, les vamos a dar miedo y se apagarán!
Pactaron los hombres.
Y con esa idea, se fueron a buscar a un buen arquero, el que mejor puntería y fuerza tuviese para disparar sus flechas tan alto que llegarían a los siete soles, que se asustarían y se apagarían.
Al disparar la primera flecha, uno se apagó.
Disparó una segunda y otro desapareció.
Y así fue disparando y apagando soles hasta que, al llegar a la séptima flecha, hizo que se apagara el séptimo sol pero también el octavo y último.
En ese instante, la oscuridad reinó la tierra.
Siempre era de noche, la tierra era un lugar sombrío y frío, y las personas desgraciadas.
Necesitaban sol y calor para vivir.
–Tenemos que conseguir que vuelva el último sol.
Se lamentaban las mujeres.
–Tiene miedo de nosotros.
Respondían los hombres.
–En ese caso, pediremos a los animales su ayuda para hacer volver al sol.
Contestaron las mujeres.
Hicieron venir a una vaca, que mugió y mugió para llamar al sol a su retorno, pero éste no vino.
Hicieron venir entonces a un tigre, que estuvo rugiendo y rugiendo mucho rato, pero sin lograr su propósito, porque el sol se negaba a salir.
Hombres y mujeres temblaban de miedo, no sabían qué podían hacer para conseguir que el sol volviera.
Hicieron venir a un búho, que ululó toda la noche, pero sólo sirvió para que saliera una enorme luna blanca a descansar en medio del cielo negro.
Fue entonces cuando hombres y mujeres decidieron llamar al gallo.
Se puso a cantar tan fuerte que su cresta se enrojeció.
Pero siguió cantando y cantando con toda su garganta.
Entonces, tímidamente, una luz amarilla y cálida apareció sobre la tierra.
Era un sol que despuntaba sobre la línea del horizonte.
Poco a poco, mientras el gallo seguía cantando, el sol se iba alzando en el cielo e iluminaba las caras de todas las personas que lo esperaban.
Y desde ese momento cada mañana el gallo llama al sol para que ilumine la Tierra.

El temor

El temor se aleja cuando el guerrero empuña su espada, pero hay temores que viven dentro de él. 
Todo guerrero lleva dentro el temor a estar solo, el temor al fracaso, a la opinión de los demás, al dolor, a veces teme escuchar la verdad pensando que no la soportará, teme a la muerte, al odio de la gente, al ridículo, teme al paso del tiempo, a verse viejos de pronto en el espejo, teme al pasado aunque reconoce en él la razón de su hoy.
Pero el guerrero hoy habló con su interior, y sus temores se disiparon. 
Los ojos del alma vieron claramente y ahora ya no teme.
El guerrero ahora ya no teme a la soledad, porque se ama más así mismo, y sabe que en realidad nunca se está completamente solo en el mundo, no existe lugar donde el hombre pueda estar solo.
Ahora no teme al fracaso, porque entiende que únicamente se fracasa si no se intentan las cosas. 
No teme a lo que opinaran de él los demás, porque sabe que de todos modos la gente siempre hablará, aun cuando haga las cosas bien.
Ya no teme al rechazo porque entiende que fe en sí mismo 
¿Porque dudar de sí mismo? 
Debe tener siempre fe en él mismo.
El dolor ya no lo aterra porque sabe que es necesario para crecer, como también sabe que no hay dolor que sea eterno.
Ya no teme escuchar la verdad, porque entiende que es mil veces mejor escuchar una verdad que duela, que la fealdad de las mentiras.
No, ya no tiene miedo a la muerte. 
Ahora puede mirarla a los ojos, sabe que no es el final, sino el comienzo.
Ya no teme al odio de la gente, porque entiende que es no es otra cosa más que ignorancia de un alma amargada y sin luz.
No teme al ridículo, porque ha aprendido a reírse de sí mismo.
Ya no teme al paso del tiempo, ni a verse viejo en el espejo, porque ha entendido que así se gana la sabiduría.
No teme lo pasado, ni a los recuerdos duros, porque no pueden herirlo más.

“Comprendí la verdad de mis temores
ahora sé que nunca se está a oscuras como en esta noche, 
que aunque no lo veamos siempre hay luz en las estrellas”